OPINIÓN

lunes, 25 de febrero de 2013

TRES MUJERES PODEROSAS, TRES REINAS ETERNAS A lo largo de la historia las mujeres han estado casi siempre relegadas, jugando papeles muy secundarios en el devenir de los siglos y alejadas del verdadero mando; sin embargo, siglos atrás algunas lograron enorme poder gracias a su valía, y están en la historia por sus propios méritos. Hatshepsut fue reina-faraón hace unos 3.500 años, Leonor de Aquitania fue dos veces reina hace unos 800, e Isabel de Castilla hace 500

La reina Hatshepsut en vida
 (con la barba ritual).
   
Hatshepsut 
3.500 años después


Seguramente ya en el mismo Paleolítico las mujeres se quedaban cerca del campamento o de la gruta, haciéndose cargo de los pequeños y recolectando comida mientras los hombres iban de caza. Y esta distribución de tareas según el sexo se ha venido manteniendo casi hasta antesdeayer; así pues, durante los aproximadamente 5.300 años que han transcurrido desde que unos sacerdotes sumerios ‘inventaron’ la escritura, apenas hay referencias de mujeres con verdadero poder, señoras con el carácter y la personalidad suficiente para enfrentarse a los más poderosos de su tiempo, a reclamar un trono y a llevar la vida que desearon sin atender a lo que conviniera, lo que dictara la sociedad o lo que sus maridos les impusieran. Entre estas mujeres de armas tomar hay que destacar a la reina-faraón Hatshepsut, a la gran Leonor de Aquitania y a la emblemática Isabel de Castilla.

Estatua de Leonor de Aquitania en
su tumba de la iglesia de Fontevraud, Francia
Hatsehpsut (Dinastía XVIII, Reino Nuevo; murió hacia 1460 ó 1480  antes de Cristo con entre 50 y 60 años) fue nieta, hija y esposa de faraones. Hija de Amenofis I, se casó con su hermanastro Amenofis II, pues el faraón debía legitimar su poder contrayendo matrimonio con una hija de faraón (estos matrimonios rituales fueron muy abundantes en el Egipto faraónico); pero en realidad la que tenía más derechos era ella, pues él era hijo de Amenofis I y una esposa secundaria, así que muy a su pesar hubo de resignarse a ser reina consorte y esperar su momento. Éste llegó pronto, pues se quedó viuda rápidamente, de modo que se casó con un hermanastro de su marido, el futuro gran conquistador Tutmosis III, que era menor, así que ella se hizo con una regencia de ‘sólo’ 22 años. En este tiempo, Hatshepsut tomó todos los títulos faraónicos (incluyendo Señor del Alto y Bajo Egipto) excepto el de Todopoderoso, y casi siempre masculinizando su nombre y utilizando la barba ritual y el resto de símbolos reales. Claro que para hacerse con la corona (la doble corona) hubo de sobornar a los sacerdotes más poderosos, maniobrar con gran habilidad y rodearse de personajes de gran talla, como el arquitecto Senmut (seguro que también su amante) o el gran sacerdote Hapuseneb; es decir, ella estaba convencida de tener todos los derechos reales, así que intrigó e hizo lo que creyó necesario para alcanzar ‘su’ trono. Durante su reinado apenas hubo guerras y sí una enorme actividad constructora (siendo su amante arquitecto…). Se recuerda su viaje al Punt (probablemente la actual Somalia), mostrando una gran curiosidad por su flora y fauna, tan bien reproducida por sus artistas. Hatshepsut debió poseer una personalidad de hierro para sujetar las ansias del belicoso Tutmosis III, quien al llegar al poder trató de borrar la memoria de la faraona y emprendió una interminable guerra de conquista. Makhare Hatshepsut está considerada como la primera gran mujer de la Historia.

Isabel de Castilla según
Antonio del Rincón
Leonor de Aquitania (1122-1204) tenía 13 ó 15 años cuando se casó con el rey Luis VII de Francia (curiosamente las posesiones que ella heredó eran mayores que las del mismo rey); éste tenía 16 y nada más verla quedó como hechizado por la belleza y “por los vivos encantos corporales con que Leonor estaba agraciada”, según las crónicas. Viajó con su marido a la Segunda Cruzada, unos autores dicen que por empeño de ella y otros porque él no quería dejarla sola. Pero el desparpajo y la gracia de Leonor despertaron celos en Luis y, además, sólo pudo concebir dos niñas en 15 años de matrimonio. Finalmente se divorciaron (eran parientes en cuarto grado) y apenas un par de meses después se casó con Enrique II Plantagenet, con quien tuvo ocho hijos (quedó claro que quien fallaba era Luis, no Leonor), entre ellos Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra. Alegre, vital y sin miedo a las convenciones de su tiempo, fue vista desfavorablemente por sus contemporáneos, que la tachaban de libertina (siempre hizo con su cuerpo lo que deseó), de mostrar moral laxa y escasa observación de los preceptos religiosos, de haber pedido y conseguido el divorcio, de haber enfrentado a sus hijos (Ricardo y Juan) contra un marido brutal que rara vez estaba en casa, de “tener conducta imprudente (…) que se burla de la dignidad real, de la ley del matrimonio y del lecho conyugal” según textos de su época; curiosamente rechazó de modo muy sonoro a otros reyes y príncipes que a punto estuvieron de hacerla suya por la fuerza. Su marido, Enrique Plantagenet, la encerró desde 1177 hasta 1189. Apoyó a Ricardo como rey y, a su muerte, hizo lo posible por llevar a Juan al trono de Inglaterra, y mientras el primero estaba en las cruzadas, ella asumió el poder de los extensos territorios familiares. Inquieta y siempre dispuesta, viajó por sus dominios e incluso ya cerca de su muerte vino a España a buscar esposa para Luis VIII de Francia (la agraciada fue su nieta Blanca de Castilla). Mecenas de trovadores (su abuelo Guillermo IX lo había sido) y de escritores, siempre manifestó una verdadera pasión por el arte y la cultura. Es asombroso que en la Plena Edad Media una mujer obtuviera tanto poder, manejara a los hombres casi a su antojo, se enredara con quien quisiera manteniendo el misterio, llevara la vida que ella misma eligió y, en fin, fuera casi siempre dueña de sí misma y de sus actos. Sin duda fue otra mujer de personalidad arrolladora, de temperamento firme y decidido que superó todos los obstáculos que la vida le puso para ser siempre Leonor de Aquitania, no la esposa, hija y madre de.

Isabel de Castilla (1451-1504) llamó la atención, en principio, por su “prudencia y virtud” y por ser una lectora empedernida. Con apenas 13 años la quisieron casar con Alfonso V de Portugal, pero ella dijo que no debido a la diferencia de edad (también rechazó al hermano de Luis IX de Francia). Finalmente, en 1469, se casó con Fernando de Aragón (que llegó disfrazado de mozo de mula, pues en aquellos tiempos cualquier pretendiente a trono podía ser apuñalado por un rival), con quien estaba prometida desde los tres años. De fuerte carácter, Isabel se enfrentó a una masa vociferante y amenazadora tras cabalgar 60  kilómetros preocupada por la suerte de su hija, que era la protegida del alcalde de Segovia; escuchó y habló a los amotinados y finalmente todo el mundo volvió tranquilamente a sus casas. Como es sabido, su empeño y determinación fueron imprescindibles para que la empresa de Colón llegara a su fin, pues Isabel estaba convencida de las enormes posibilidades del proyecto, así que desoyó a los muchos que pensaban que esa aventura era una sandez. Pero tal vez sea el codicilo de su testamento (un anexo) en el que se refiere a los indios de América donde queda patente su grandeza; se trata de una visión muy adelantada a su tiempo, una forma de pensar que hoy se da por supuesta pero que era absolutamente inusual en torno al año 1.500; en éste dice textualmente: “… y encargo y mando a la dicha princesa, mi hija, y al dicho príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y que este sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den lugar que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, más manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido lo remedien y provean por manera que no se exceda en cosa alguna lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es inyungido y mandado”. O sea, Isabel pide para los indios lo mismo que para los castellanos, adelantando un concepto que tardará siglos en ser promulgado.

CARLOS DEL RIEGO

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