miércoles, 2 de agosto de 2017

CÓMO EJERCER VIOLENCIA Y CULPAR A OTRO Animados por ideologías fanáticas que nublan el entendimiento, algunos simpatizantes o militantes de partidos anticapitalistas y de izquierda extrema han llevado a cabo actos violentos, pero culpan a otros de generar esa violencia. Algo así ocurre en Venezuela.

Como están en contra de tanto turismo, acosan y asustan a los visitantes, de momento sólo con bengalas y pinchando ruedas..

El partido de ultraizquierda anticapitalista y catalanista CUP ha aplaudido los actos de violencia callejera que han protagonizado algunos de sus simpatizantes o militantes en Barcelona; es más, acusa a los gobiernos de “generar violencia con sus políticas neoliberlaes” y, por tanto, de ser los verdaderos culpables de los pinchazos de ruedas (y otros actos), además de, seguro, el susto que se habrán llevado los turistas. Siguiendo el disparatado y amoral criterio, puede decirse que cualquier ley, norma o prohibición puede ser tachada de generar violencia; por ejemplo, si un individuo entra en el súper con el perro y se le explica que eso está prohibido, podrá alegar que es esa regla la que genera violencia y, por tanto, puede responder con una acción violenta, como tirar unas cuantas estanterías.

Ese modo de enfrentar la realidad ha convertido la violencia real y evidente en un acto achacable no a los ejecutores, sino a quienes éstos echan la culpa de haber generado esa violencia con sus normas y sus leyes. Es algo muy parecido a las opiniones que sobre la represión en Venezuela se vierten desde partidos sitos en el extremo izquierdo. Así, se acusa a la oposición al régimen de Maduro de ser la causante de los muertos provocados por la policía del estado y de todas las violencias producidas en las calles…; y ello a pesar de que los principales líderes opositores están encarcelados, de que los estamentos judiciales y políticos son poco menos que marionetas en manos del presidente o de que siguen cerrados o acosados los medios de comunicación críticos. Mientras aquí, en España, hay quien da la vuelta a la situación y acusa a los manifestantes muertos a tiros, y a los maniatados partidos rivales, de la violencia ejercida por la fuerza pública; o sea, su argumento es que echarse a la calle para protestar por el desabastecimiento y la represión es la causa culpable de que los uniformados tiren a ráfaga, los cuales quedan eximidos de culpa al igual que quienes ordenan disparar. Claro que la mayor enormidad la ha soltado un tipo que ha equiparado un preso indefenso y vigilado permanentemente (Leopolodo López) con un general que tenía todo un ejército a su disposición (Pinochet). ¿Se creerán de verdad estos disparates o se limitan a repetir las consignas y líneas ideológicas del partido?

Sorprende comprobar cómo hay personas que voltean y adaptan el significado de las palabras a su conveniencia ideológica. Así, se dijo que la carrera París-Dakar era idéntica en violencia a los atentados islamistas, y que los atentados yihadistas en Europa son culpa de los europeos y los terroristas unas pobres víctimas; se sigue sosteniendo que las exigencias de justicia de víctimas del terrorismo son generadoras de violencia, y que el concejal de veintitantos años ejecutado por la banda terrorista era un fascista por pensar como pensaba mientras que quien le reventó la cabeza era un ejemplar luchador por la libertad; existen ciudadanos que afirman que los criminales son producto de esta alienante sociedad y que, por tanto, esta sociedad es la culpable de los actos de los criminales, los cuales son sus víctimas; y también hay individuos que gritan que la riqueza es violencia, que el capitalismo es violencia, que la autoridad es violencia…, de modo que matar ricos o banqueros o políticos está legitimado como respuesta a la existencia de éstos, que son los verdaderos violentos Ha habido (hay) lugares y momentos en los que lo que `generaba violencia’ era el rock & roll, en otros era la prensa, o el cine, o los vídeo-juegos, o las procesiones…

Evidentemente, utilizando estos procesos mentales, cualquiera puede sentirse autorizado para ejercer cualquier tipo de violencia, pues siempre podrá encontrar alguien a quien señalar como el auténtico generador de esa violencia y, por tanto, como culpable absoluto de la misma. Sin embargo, las personas se definen por sus actos más que por sus palabras.

Ni que decir tiene que otra opinión tendrían los pincharruedas y asustaturistas, así como los represores venezolanos, en caso de ser pagados con su misma moneda… Está clara la perversión moral y mental que provocan las ideologías fanatizantes.

CARLOS DEL RIEGO