miércoles, 13 de septiembre de 2017

1517, LOS PRIMEROS EUROPEOS LLEGAN A YUCATÁN, A MÉXICO El asunto del descubrimiento de América es siempre actualidad. Este año se cumplen cinco siglos de la llegada de los españoles a la península del Yucatán, territorio hoy mexicano. Si uno se sitúa en el tiempo y en el lugar verá que fue una hazaña colosal.

Los sacrificios humanos asombraron y aterrorizaron a los españoles que desembarcaron en Yucatán en 1517.

Para empezar, hay que recordar que hasta esos momentos los indígenas desconocían su continente, tanto que ni siquiera le habían puesto nombre. En febrero de 1517 partió de Cuba una expedición de tres barcos y unos ciento diez hombres (entre ellos Bernal Díaz del Castillo, que dejó constancia escrita y de primera mano de todo lo ocurrido) al mando del hidalgo Francisco Hernández de Córdoba. Dicho así parece poca cosa: ir de Cuba a México. Sin embargo, no se tendrá idea aproximada de lo que aquello significó si uno no se pone en aquella situación, en aquel momento, en aquel lugar del que se desconocía absolutamente todo; hay que imaginarse a los exploradores lanzados a lo desconocido, sin saber de arrecifes, bajíos, bancos de arena, corrientes… y carentes de todo lo que hoy se da por hecho. Nadie había ido nunca y se sabía menos de esa tierra que de la luna cuando alunizaron.

Al acercarse a la costa se acercan indios en canoas, los cuales indican por señas que no traen malas intenciones e invitan a los recién llegados a su pueblo. Desembarcan recelosos, acongojados por una ruidosa multitud con penachos, caras pintadas, pelo tieso, gritos, ‘atambores y bocinas’. Imagínese el momento: todo es desconocido y amenazador, estás rodeado por miles que chillan desaforadamente y te miran con ferocidad. El cacique empieza a gritar y aparecen “unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para nos matar”, los cuales atacan con gran estruendo, pero los españoles los hacen retroceder. Inspeccionan el pueblo y ven por primera vez los adoratorios, los ‘cúes’, las pirámides de sacrificio, lo cual debió aterrorizarlos. Esa noche hablan de ello: alguno cuenta historias de hombres sacrificados, con el corazón arrancado en vida, cuerpos descuartizados, canibalismo… Si existe alguna razón que justifique tenerlos de corbata, aquellos tipos la tenían.

Regresan a los barcos y siguen costeando. Acuciados por la escasez de agua (sus depósitos y cubas perdían continuamente) ven un pueblo grande; nuevamente los caciques les hacen gestos de paz, desembarcan y entran en el poblachón, les vuelven a enseñar los adoratorios, donde ven los restos de los indios que ese mismo día habían sacrificado, y a los sacerdotes, con su melena larguísima y apelmazada con sangre seca; el hedor a putrefacción tenía que ser... Con un miedo atroz en el cuerpo, los aventureros se preparan para lo peor, pero los indios se limitan a decirles que en cuanto se apague un fuego que acaban de prender, los matarán si no se han ido. Cogieron el agua y salieron de allí a toda prisa. Pero el líquido elemento duró poco.

Continúan bordeando la costa y un par de semanas después ven otro pueblo y, cerca, un río o arroyo. Echan los botes y mientras toman el agua observan que muchos guerreros se concentran con intenciones poco amistosas, tantos que piensan que si se vuelven con el agua serán atacados y desbaratados, así que prefieren atrincherarse y pasar allí la noche. Ruidos extraños, inquietante bullicio de concentración de indios en la oscuridad, calor sofocante, altísima humedad, corazas y cascos siempre puestos, nubes de mosquitos, miedo, mucho miedo…, seguro que a ninguno le entró el sueño esa noche. Al amanecer ven que habían llegado muchos más y que los han rodeado. Sin mediar palabra, flechas y todo tipo de proyectiles y, poco después, combate cuerpo a cuerpo, donde los españoles hacen uso de su destreza con la espada; se retiran pero siguen desde la distancia con flechas, piedras y lanzas, mientras los soldados tiraban con sus 15 ballestas y 10 escopetas (arcabuces que podían hacer 2 ó 3 tiros por minuto si la pólvora no estaba húmeda). La situación se vuelve desesperada: muchos muertos y casi todos heridos, incluyendo el capitán Hernández de Córdoba, que recibió hasta diez flechazos, y el narrador, tres; viendo que de seguir así acabarían con ellos en poco tiempo, piensan que lo mejor es arremeter, pues se saben más eficaces en la distancia corta. Así lo hacen y, con muchas bajas, logran alcanzar la costa donde están los botes, aunque con la confusión y los indios persiguiendo, algunos vuelcan: más bajas. Ya en los barcos, recuento: cincuenta muertos, incluyendo dos que fueron capturados y que, seguro, morirán sacrificados, a los que hay que sumar otros que fallecerán a causa de las heridas; y casi todos heridos, de modo que no hay gente sana para manejar los tres barcos, así que prenden fuego a uno. Y a todo esto, una terrible escasez de agua: “las bocas y lenguas teníamos hechas grietas de la secura”; y el pensamiento en lo que les pasará a los desdichados compañeros apresados.

Buscando agua con desesperación vuelven a desembarcar, pero el agua que hallan está salada; cavan pozos, también agua salada; se levanta una tormenta y hay que volver a los barcos a toda prisa…, sin nada que beber. Creen que lo mejor es volver a La Habana, pero el piloto Antón de Alamillos, que había llegado a la Florida con Ponce de León años antes, los convence para tomar esta dirección, a donde llegan en cuatro días. Con el capitán Hernández de Córdoba moribundo (moriría a los pocos días), desembarcan los veinte menos heridos, se ponen a cavar y finalmente, ¡agua dulce!; sacándola, bebiendo y lavándose las heridas están un buen rato, hasta que uno de los vigías que habían puesto vuelve corriendo y gritando “al arma, al arma, que vienen muchos indios de guerra por tierra y en canoas”. Otra vez al combate, el ulular salvaje, los ‘atambores’, las pinturas, el terror a ser capturado vivo… En el cuerpo a cuerpo los españoles vuelven a mostrar su superioridad y los rechazan; hay muertos, muchos heridos y un desaparecido, uno de los vigías; sus compañeros lo buscan y llegan a donde fue visto por última vez, ven señales de lucha pero no sangre, así que suponen que lo han llevado vivo para sacrificarlo. Vuelven con el agua a los barcos y, de camino a Cuba, hablan y se imaginan qué estará pasando ahora con su camarada, le estarán abriendo el pecho, lo cortarán, se lo comerán y tirarán los restos a los animales… No es de extrañar que muchos manifestaran abiertamente su disgusto: se gastaron su dinero en suministros y vuelven más pobres, “no ganamos sueldo, sino hambres y sed, y trabajos y heridas”.    

Resultado de aquella expedición de hace cinco siglos, más de 60 muertos, incluyendo el capitán, y cicatrices para todos. Como botín, dos indígenas, a los que llamaron Julián y Melchor (fueron luego guías, pero desertaron en cuanto tuvieron oportunidad), y una arquilla con diademas, pequeña orfebrería de oro bajo e ídolos de barro; como detalle ilustrativo hay que señalar que pensaron que aquellos pueblos eran los formados por los “judíos desterrados de Jerusalén  por Tito y Vespasiano”.

Habrá quien piense que tuvieron bien merecido todo lo que les pasó, por aventurarse por allí; pero nuevamente hay que imaginarse el momento: has llegado a donde nadie siguiendo el potente instinto humano por descubrir, su curiosidad al entrar en lo desconocido, sus deseos de hallar respuestas. En todo caso, no llegaron con altanería sino con miedo, y en esos primeros encuentros fueron los indios quienes (tras hacer creer que eran amistosos) atacaron con gran hostilidad y sin mediar provocación. Y no hay que culparlos por ello, como tampoco a los recién llegados por defenderse.  

Imagínese allí entonces…

CARLOS DEL RIEGO


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